Tiempos turbulentos

CAPÍTULO I

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El sol comenzaba a despuntar. Los habitantes de Stunbury se habían levantado un poco antes de su hora habitual, impacientes por presenciar el esperado acontecimiento.

En la Plaza Mayor, situada en el centro de un laberinto de calles tortuosas y estrechas, todo estaba dispuesto. Una pequeña construcción de madera rompía la imagen habitual de la explanada, un improvisado patíbulo que anunciaba el espectáculo inminente. La plaza aún se encontraba desierta, pero pronto comenzarían a aparecer los primeros ciudadanos que, gracias a robarle un tiempo a la noche, podrían ocupar las primeras filas.

El cielo estaba despejado y soplaba una fresca brisa primaveral.

Por un agujero del muro occidental de la plaza una rata hambrienta escudriñaba el horizonte urbano, tratando de sopesar los riesgos más allá de su madriguera. Sus ojillos inteligentes saltaban de un objeto a otro estudiando la amenaza que entrañaban. En la vieja plaza, utilizada ocasionalmente de mercado, era más que posible encontrar restos de hortalizas, frutos, cereales e incluso alguna pequeña porción de queso. El roedor abandonó inseguro la protección de su refugio aun yéndole la vida en ello.

John y Billy observaban desde el ángulo contrario, en silencio, con una mirada diabólica, viva y peligrosa, como la de un gato hambriento. Eran dos muchachos pendencieros, agresivos, adoradores de la violencia y exterminadores compulsivos. Tenían la absoluta convicción de que los animales del mundo habían sido creados para poder destruirlos. Habían visto a la rata y nada ni nadie impediría su ejecución.

—Tú acércate por ese lado, que yo iré por aquí —susurró John al tiempo que cogía un segundo pedrusco—. Que no se te escape. ¡Muévete!

—Preocúpate de que no se te escape a ti, listillo.

—¿Quieres acabar como la condenada rata, enano? No tienes más que volver a llamarme listillo.

A Billy le habría encantado olvidarse del roedor y arrojar sus piedras a la cabezota de John, pero conocía cuáles serían las consecuencias; John era dos años mayor y un palmo más alto que él. Decidió, no sin gran esfuerzo, volver a centrarse en el animal.

El roedor se encontraba ya en el centro de la plaza, acercándose a los muchachos que esperaban atentos.

—¡Ahora! —gritó John mientras arrojaba el mayor de sus pedruscos.

Billy se impulsó para el lanzamiento. Deseaba ser él quien acertase el tiro, quizá únicamente porque no fuera John quien lo hiciera, pero fue demasiado lento. La piedra golpeó de lleno en la cabeza de la rata, que se quebró con un crujido sordo. Un chorro de sangre brotó del cráneo y salpicó el rostro de Billy.

—¡Maldito bastardo, lo has hecho a propósito! —gritó al tiempo que, sin poder contenerse, le arrojaba a John uno de sus pedruscos. Éste le golpeó en el pómulo derecho y Billy, presa de un profundo pánico, se arrepintió al instante. El impacto no fue suficiente para tumbar al muchacho que, de un salto ágil y rápido, se plantó frente a él y le golpeó en la nariz con todas sus fuerzas. Billy cayó al suelo torpemente y John lo aprovechó para pisarle la cabeza, vengando por anticipado el dolor que le esperaba en la mejilla. La sangre del rostro y la del roedor se confundieron en uno.

Unos hombres corpulentos que se acercaban a la plaza separaron a los dos muchachos. El resto de los ciudadanos fue apareciendo poco a poco, ignorando la pelea. ¿A quién le importaba una riña entre dos chiquillos cuando estaba a punto de producirse un ahorcamiento semejante?

Una hora más tarde la plaza estaba abarrotada.