Del Sáhara al Toubkal

INTRODUCCIÓN

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Estaba agotado, aturdido, pero me obligué a levantar la cabeza y mirar alrededor. El desierto era inmenso, inquietante, rodeado de dunas de todas las formas y colores. Si en aquel momento hubiera aparecido una caravana de tuaregs con sus turbantes azulados, sus ojos penetrantes y sus cuchillos curvos, lo habría aceptado como parte natural de la escena.

Cuando hube descansado continué la marcha. Me lo tomé con calma y, paso a paso, llegué y ascendí a la gran duna. Llevaba más de dos horas andando sobre ese entorno hostil, pero parecía que llevaba dos días. El sol estaba a punto de desaparecer y había refrescado, aunque aún hacía calor. Me senté y contemplé la puesta de sol sahariana, quizá una de las más bellas del planeta. El silencio era absoluto, roto de cuando en cuando por el ligero silbido de la brisa. Las dunas centelleaban, ahora más rojizas. Había miles de ellas, quizá millones, y sus sombras se alargaban poco a poco, solapándose unas con otras.

Permanecí allí inmóvil hasta que el sol desapareció, y luego lo hizo la luz; y después aparecieron las estrellas; y la luna. Una luna fina y alargada, de luz tenue y relajante.

El lugar parecía otro, mágico. El firmamento brillaba con intensidad, cargado de estrellas en una atmósfera limpia y libre, ajena a la presencia humana. Sobrecogedor.